El otro fin del mundo

Crítica de Mud publicada en MySofa. Puedes leer el contenido original aquí.mud

No es necesaria demasiada memoria cinéfila para recordar a un niño gritando (o suplicando) el nombre de Shane en una crepuscular pradera en la que algunos afortunados pueden echar Raíces profundas y otros, como el citado Shane, sólo pueden permitirse estar de paso, acosados siempre por un pasado turbulento. Otro niño grita entre lágrimas el nombre de Butch en un irónico Un mundo perfecto, donde el tal Butch, recién acribillado y que le ha hecho las veces de padre por unos días, es a ojos de la sociedad un secuestrador y despiadado asesino sin posibilidad de redención. Mud es el nombre de un tipo que malvive en una barcaza improbablemente caída del cielo sobre un árbol y que entre sus raídos ropajes oculta una pistola que sin duda sabe utilizar. En un momento de la película un chico también grita desesperado su nombre.

El niño (Ty Sheridan visto en El árbol de la vida) vive los últimos compases de su inocencia, cuando todo aquello en lo que había creído hasta entonces -la lealtad, la familia, el amor- se desmorona, aprende también el poder de la violencia y luego lo incontrolable del mismo. Por su parte, Mud (Matthew McConaughey, curiosamente el más flojo del reparto) vive apartado por una sociedad inclemente con todo aquél que ha decidido mantenerse fiel a sí mismo. Mud ya no es un crío, pero quiere seguir creyendo en un amor puro y loco que quizá puede existir en su corazón pero no en la vida real, conservando además la fe en un trozo de tela que sólo su empeño ciego ha convertido en camisa de la suerte. Una extraña relación surge entre ambos, el niño espabilado y el criminal. Miedo, desconfianza, odio, rabia, engaños pero, por encima de todos esos sentimientos pasionales, dos almas inquietas sin nada en común que aún así se reconocen mútuamente. Como lo hicieron, yéndonos a clásicos aún más imperecederos, el joven Jim Hawkins y el pirata con una sola pierna Long John Silver.

El director Jeff Nichols llamó recientemente la atención con Take Shelter, una climática pieza bien ambientada en el medio rural pero que no dejaba de ser la enésima revisión del, en teoría, inminente apocalipsis narrada con las formas y poses del cine indie, que sorprendió a quien no haya visto o no recuerde La última ola de Peter Weir. En Mud, Nichols nos habla de otro fin del mundo, este mucho más real e inevitable, que deja cicatrices imborrables: el paso de la adolescencia a la edad adulta, cuando la linea entre el Bien y el Mal se hace más difusa y todo un mundo en el que habíamos sido felices queda atrás para siempre.

No hay intención por parte de Nichols en disimular los múltiples referentes de este drama sureño que arranca con dos jovenzuelos embarcándose sedientos de aventura como en Cuenta conmigo, el look de uno de ellos (el debutante Jacob Lofland) es idéntico al de River Phoenix en aquel otro relato iniciático. Y, sin embargo, pese a no tratar con material particularmente original, Nichols logra que en Mud habite el espíritu de la aventura pura y auténtica, que parece que se vive por primera vez. El paraje embarrado que rodea el Mississippi, que una vez recorrieron Tom Sawyer o Huckelberry Finn, se mantiene anclado en un pasado en el que aún se vende chatarra, las balsas son un medio de transporte y las serpientes pueden picar mortalmente. No hay rastro de teléfonos móviles ni conexiones wifi en todo el metraje, pese a que un calendario delata la contemporaneidad del relato. La aventura tiene así el sabor de aquello irrepetible y peligroso, tanto que el drama y la violencia siempre están al acecho. Como cuando el pequeño río que los niños tantas veces han surcado se torna por primera vez en inmenso y desconocido pantano, sin saber que más allá quizá esté el mar, sólo para los más intrépidos.

Hay también en este relato códigos de honor (que rayan lo políticamente incorrecto), otros lobos solitarios que guardan un jardín tras las inquebrantables paredes de su casa junto al río (Sam Shepard), mujeres tan adorables como incomprensibles a ojos de un niño o un adulto aún soñador (Bonnie Sturdivant y Reese Witherspon), un hermano mayor díscolo que no es precisamente un ejemplo a seguir (Michael Shannon, actor fetiche del director) y cazarrecompensas sedientos de venganza que sienten a Dios y la Ley de su parte, como aquella familia ultraortodoxa que perseguía incansable a Charlton Heston en El más valiente entre mil. Y, sí ya lo hemos dicho, mucho de western, incluido un tiroteo con un inconfundible plano desde una pared agujereada por un balazo como en Río Lobo. Todos ellos elementos típicos que no parecen tópicos porque son los que convierten las pequeñas historias en universales.

Lo mejor: La definición que hizo de ella su director en Cannes: una obra de Mark Twain adaptada por Sam Peckinpah

Lo peor: La secuencia del rescate en moto, exagerada y poco creíble

Nota: 80

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