El blues de los perdedores

Crítica de Warrior publicada en MySofa. Puedes leer el contenido original aquí.

Algo tiene la poética del perdedor que su rima asonante acompaña más allá de la sala del cine. Sin bajarnos del cuadrilátero: el rostro magullado de Rocky llama a gritos a su amada (obviemos que Stallone repitió el truco cinco veces), un avejentado Charles Bronson tumba a un gorila de un sólo punch en El luchador, Stacy Keach toma la última copa junto a Jeff Bridges a un paso de quedar sonado en Ciudad dorada. Y, fuera de la lona, la más grande del género deporte-drama, Paul Newman abandona la sala de billar, después de ganar la partida de su vida y reconocer que ha perdido el alma en El buscavidas. Ángeles caídos que han probado el sabor amargo de la derrota y saben que en este mundo ganar es sólo una gloria efímera. Y aún así no cesan en su empeño, porque como bien decía otro mítico looser de Sam Peckinpah: “Nadie pierde a todas horas”.

En tiempos de superhéroes enmascarados que derrotan al Mal y sueltan discursos solemnes manteniendo la pose, hemos podido ver (por fin) Warrior. Su realizador Gavin O’Connor ya reclamó un espacio con otra película sobre lazos familiares tensados: Cuestión de honor. Aquí juega con alguna carta marcada y aplica fórmulas cuyo resultado conoce bien, aunque (sin ánimo de agraviar a Bayona) sin utilizar demasiados niños ni violines, valiéndose de una puesta en escena sincera y de un elaborado guión. Dos hermanos distanciados por los avatares de la vida (Tom Hardy y Joel Eldergton), un padre tratando de darse una segunda oportunidad (Nick Nolte) y un campeonato de lucha libre. Donde intentar arreglar de esa forma tan denostada denominada “viril” lo que no han podido resolver las palabras. Una historia pequeña e intimista que logra convertirse en grande y universal.

Lo menos bueno que se le puede achacar a Warrior es resultar excesiva y redundante en varios aspectos. En parte debido a las leyes del mercado cinematográfico actual, donde una película desaparece de cartel al poco de estrenarse y debe jugar con celeridad y al máximo todas sus bazas para ganarse al público palomitero de fin de semana.

Conocidos son los problemas de distribución de esta producción y que -pese a la nominación al Óscar para un inmenso Nick Nolte- aquí de momento apenas ha podido verse en salas de cine, suerte del Festival de Sitges. Hecho que paradójicamente ha convertido Warrior en película de culto. Un culto que quizá le viene un poco grande, debido precisamente a sus concesiones a la comercialidad. Así, ciertas subtramas almibaradas empañan y alargan en demasía el conjunto. Algunas tan manidas como la de la esposa sufridora, otras innecesarias como la de Irak (con saber que Tom Hardy es un veterano de guerra y su triste mirada ya bastaba para imaginar las heridas de su pasado).

Y es que 140 minutos dan para algunos bajones. Claro que, si una película te obliga a contener la lágrima en más de un momento y te sorprendes aplaudiendo (y reivindicamos la gozada de ver cine en salas con público entregado) en una resolución que sólo tiene cabida en el ring, es que estamos ante un pedazo de buen cine. O’Connor consigue el milagro de que no querramos que termine su película. Gane quien gane el combate, todos perdemos algo, la victoria será amarga y en la derrota aprenderemos una buena lección. Warrior tiene algo de ese cine clásico cuyo regusto añejo ha sobrevivido al paso del celuloide al digital, el que toca la fibra aunque te resistas. Ya pasa pocas veces.

Lo mejor: Duelen tanto los golpes en el ring como en la vida
Lo peor: Por momentos ralla el sentimentalismo
Nota: 75

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