Saldando viejas deudas

Crítica de Una bala en la cabeza publicada en MySofa. Puedes consultar el contenido original aquí

bullet to the head

El aficionado al género de acción menos convencional y con buena memoria esperaba con impaciencia Una bala en la cabeza. Y no porque su estreno suponga un enésimo regreso a las pantallas del relanzado Stallone. Este thriller tan contundente como su título representa otro regreso aún más añorado: el del gran Walter Hill, nombre que probablemente a los cinéfilos de nueva generación apenas les suene. Pero este director injustamente olvidado un día estuvo llamado a reemplazar el hueco dejado por Sam Peckinpah en el cine de héroes caídos, instalados en el crepúsculo del cambio de los tiempos, a la búsqueda desesperada de una épica inútil.

En su momento, el estreno de la odisea de The warriors provocó disturbios entre bandas neoyorquinas, de su elegante thriller The Driver Nicolas Winding Refn y Ryan Gosling copiaron bastante más que el título, puso a cabalgar a los hermanos Carradine y a los Keach convirtiéndoles en Forajidos de leyenda, hizo de una fábula de princesas y plebeyos un concierto de rock’n roll recorriendo Calles de fuego. Algún bodrio mancha su filmografía en los 80, nacidos en parte por la necesidad de mantenerse como un director comercial, cuando Hollywood empezaba a interesarse exclusivamente por superhéroes invencibles de una sola dimensión y cuantiosos dividendos en taquilla. Aprovechó el falso resurgir del western a principios de los 90 (a raíz de Sin perdón y Bailando con lobos) actualizando las leyendas de Gerónimo y Wild Bill para terminar realizando su última gran película de profético título: El último hombre. Un fantasmagórico western-noir que tenía tanto de Leone y Kurosawa como de Dassiel Hammet, demasiado para quienes sólo querían ver a Bruce Willis en otro blockbuster de tiros. Luego algún título alimenticio menor (se negó a firmar la mediocre Supernova con su nombre) y el refugio en la televisión, donde gozar de una libertad creativa que la industria del cine ya le negaba.

Cuando hace pocos años Hill visitó el festival de Sitges en calidad de productor de la saga Alien, lamentó que los que ponen el dinero cancelasen continuamente sus proyectos más personales y mostró cierto hastío cuando se le rememoraron sus glorías pasadas. Porque Walter Hill aún no quiere ser recordado como una vieja gloria, porque el ya septuagenario Walter Hill sigue vivo. Ansioso por hacer películas como en los viejos tiempos, aplicando las enseñanzas de los clásicos del cine de acción y aventuras con algo más que entretenimiento: Howard Hawks, Raoul Walsh o Robert Aldrich.

Una bala en la cabeza es el resultado de la espera. Cierto que no está a la altura de sus mejores títulos y hasta resulta inferior a otras buddy-movies de su autoría: Límite: 48 horas o Danko: calor rojo. Incluso llega un momento que juega en contra la condición de película al servicio de Stallone. En un principio uno de sus atractivos pero que impide al conjunto ir más allá, al quedarle a Sly demasiado grande su papel de asesino a sueldo (con voz en off a lo Mike Hammer incluida), mal adaptado a los nuevos y corruptos tiempos de tramas político-financieras. Muchas escenas de transición parecen rodadas con algo de desgana por parte del veterano director, como si no le interesasen en absoluto, dando pie a un impersonal estilo televisivo (en el mal sentido), con la cámara en constante movimiento sin ir a ninguna parte. De igual modo los pantanos del Nueva Orleans post-Katrina no están retratados con la misma dedicación que los de la Louisiana de la angustiosa La presa, tal vez debido a limitaciones presupuestarias. Y la partitura musical se queda en una simple imitación de los acordes de su habitual compositor Ry Cooder.

Con todo, Una bala en la cabeza es una película que Walter Hill nos debía antes de tirar la toalla. Acaba resultando un thriller ágil y conciso, con reconocible aroma de serie B ochentera. Donde los golpes duelen de verdad, algo extraño en el panorama de la acción generada por ordenador. Sin concesiones ni discursos heroicos, los personajes levantan cierta simpatía pese a tratarse de malos y peores (el más bueno es el más tonto). Contiene además un memorable duelo a hachazo limpio en el que Sly y Jason Monoa sueltan la testosterona que aún les queda. Y ocasionalmente se dejan caer autoreflexivas líneas de diáolgo: “No me fío de quien no le gusta el dinero”, dicho por un mandamás untado de dólares sucios tras una mesa. Probablemente una frase que el incorruptible Walter Hill habrá oído demasiadas veces estos años en el despacho de más de un productor de Hollywood.

Lo mejor: Es un Walter Hill menor, pero se reconoce y se agradece su autoría

Lo peor: Hubiésemos preferido ver Saint Vincent, el proyecto que debía unirle de nuevo a Mickey Rourke, un cuarto de siglo después de hacer de él Johnny el guapo

Nota: 65/100

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s