Héroes por un día

Crítica de Sin tregua publicada en MySofa. Puedes consultar el contenido original aquí.

endofwatch

El argumento de Sin tregua lo conocemos bien. Pareja de policías, uno blanco (Jake Gyllenhaal) el otro chicano (Michael Peña), de patrulla por las peligrosas calles multirraciales de Los Ángeles y que se encontrarán con todo tipo situaciones a cuál más extravagante y peligrosa. De entrada estamos ante otra de policías, en la línea de las de David Ayer como director (la reivindicable Dueños de la calle, que contó con la aportación del maestro de novela negra James Ellroy) o como guionista (Día de entrenamiento, Dark Blue también junto a Ellroy). Un terreno pues de sobras conocido tanto por su máximo responsable como por el espectador. ¿Qué hace destacar entonces a Sin tregua? Precisamente que a David Ayer también le preocupaba hacer otra de polis y repetirse a sí mismo.

Tal vez se haya planteado esta nueva incursión en el género como la última y, por tanto, le toca echar el resto, contar casi lo de siempre pero de forma más visceral. Efectivamente, la realización de Ayer no da tregua, acompaña a sus protagonistas en todo momento como si de un reallity se tratara, alternando entre diferentes formatos: la cámara del coche testigo mudo de las atrocidades y heroicidades policiales, la microcámara oculta de Jake Gyllenhaal que se mueve con tanto nervio como él, la videocámara de su esposa (Anna Kendrick) que capta los momentos más humanos del agente. Todas las cámaras sirven, incluida la del director, que también aparece de vez en cuando. También es cierto, ese estilo hiperrealista de narración quizás sólo es una moda propia de los tiempos histéricos y ultraconectados que vivimos. Además tampoco es del todo novedosa dentro del thriller, viene a la memoria la cámara subjetiva de Días extraños en la que también se hacía referencia a la corrupción policial angelina (y que a 15 años vista tenía mucho de visionaria). Pero no se puede negar que la efectividad lograda por realización y montaje consiguen que los disparos por la espalda sorprendan, los puñetazos duelan y algunas imágenes estremezcan.

Y, como no podía ser menos en alguien criado en esas mismas sucias calles, que lo mismo ha tenido que huir de unos pandilleros que recibido un golpe de porra de un policía malhumorado, durante buena parte de la película David Ayer busca mostrar los hechos sin juzgar. Los guardianes de la Ley no se abstienen de utilizar métodos similares a los de los criminales que persiguen, posiblemente le dan a la coca que previamente han incautado, gastan bromas de parvulario a sus colegas de oficio y reciben medallas de valor por actos heróicos espontáneos. La misma espontaneidad con la que un narcotraficante les dispara a quemarropa con su pistola ornamentada para evitar que le registren.

Sin tregua tiene el acierto de no ahondar en las tensiones raciales y las contradicciones de los representantes de la ley sino mostrarlos sin concesiones, quedando así mucho mejor expuestos que por ejemplo en la simplona Crash (Colisión) y por momentos recordando a la española Grupo 7. Pese a todo, David Ayer no logra crear la película de policías definitiva que buscaba y termina más bien funcionando como apéndice de otros relatos de crimen y corrupción, menos directos pero con más validez cinematográfica como las películas de James Gray (La noche es nuestra). El buscado esquematismo del guión también la hace parecer una película pequeña y, especialmente en su parte final, los lugares comunes que se querían evitar a toda costa (discursos, problemas domésticos, sentimentalismos) terminan por aparecer. Y, aunque tratados con un enfoque más ortodoxo de lo habitual, malbaratan en parte las intenciones de verismo de la propuesta. Una lástima, porque hasta entonces Sin tregua es un relato vibrante sobre corrupción, tráfico de armas, drogas y personas y la vida y la muerte a ambos lados de la discutible Ley.

Lo mejor: El hiperrealismo multicámara de David Ayer no da tregua

Lo peor: Cuando se convierte en otra de polis

Nota: 65/100

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