La banca siempre gana

Crítica El capital publicada en MySofa. Puedes consultar el contenido original aquí.

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Antes de dar un swing, el propietario de un importante banco europeo sufre un colapso que lo deja tendido en la hierba de su inmenso campo de golf. En otro significativo momento, un acaudalado directivo entrega una visa con límite de gasto a su hijo, mientras éste mata sin compasión absorto a los mandos de su consola. Basta ver el telediario con un mínimo de sentido crítico para saber que el sistema capitalista también se ha colapsado y que a los que ahora manejan el dinero les basta un mínimo esfuerzo para cumplir con sus responsabilidades, porque quienes dependen de ellos están ocupados en otras batallitas.El catálogo de imágenes que propone Costantín Costa-Gavras en El capital es rico en metáforas de fácil lectura contemporánea. Trepas sonrientes que no dudarán en vender a sus socios, despidos masivos que equivalen a un tanto por ciento de beneficio, nobles y falsos discursos a la prensa para mantener entretenido al populacho que les está dando los mejores réditos.

Costa-Gavras, abanderado del cine político, en muchas ocasiones ha ido a lo fácil y demagógico en su afán de denunciar las injusticias sociales que azotan a nuestro presente. Incluso en su película más laureada, Desaparecido, sobre la búsqueda de un hijo en plena represión dictatorial en un indeterminado país sudamericano, se notaba cierto didactismo y un afán por llegar a un público amplio dándole el papel protagonista a una estrella estadounidense como Jack Lemmon. Una opción por otro lado comprensible, ya que cuanto más lejos llegue la denuncia, más efectiva puede ser. Claro que, cinematográficamente hablando, sus mejores películas han sido aquellas en las que se ha mostrado más sutil y ha dejado el debate para el espectador, como cuando nos mostró lo poliédrico que puede ser el rostro del Mal en la magistral La caja de música.

La nueva entrega de Costa-Gavras, casi octogenario pero incansable (las injusticias nunca terminan), pertenece al grupo de sus películas pedagógicas y de fácil entendimiento, hasta el punto que sus personajes miran directamente a cámara para hablar con el espectador, en un tono inequívocamente irónico. No hay nada en El capital que no sepamos ya: los ricos se hacen más ricos mientras los pobres se hunden en la miseria, y el protagonista Marc Tourneill (Gad Elmaleh) se convierte en un moderno Robin Hood que roba lo que aún les queda a los mendigos para repartilo entre los multimillonarios. Sin embargo, esa evidencia discursiva y su estilo aséptico de docu-drama no llega a molestar, porque aquí trata un tema que nos es tan cercano como salir a la calle y ver incontables locales en alquiler.

En otras ocasiones, Costa-Gavras nos ha hablado de racismo, nazismo, choque cultural o la depredación de los medios de comunicación. Asuntos que nos tocan tangencialmente y que sólo en el peor de los casos hemos vivido en primera persona. Pero a la sociedad de altos vuelos que se retrata despiadadamente en El capital no la podemos ignorar, porque vuela por encima de nuestras cabezas. Pertenece al aquí y al ahora y no dejamos de cuestionarnos nuestro grado de implicación y si nosotros también actuaríamos como Marc Tourneill, porque tal vez este multimillonario sólo sea un pobre infeliz producto de nuestro sistema. En el fondo, este tiburón es humano, capaz de enamorarse de la honestidad de su joven asesora y de sucumbir al instinto básico ante una escultural modelo de la jet-set.

Existen muchos elementos descorazonadores de El capital que hacen imposible dilucidar si estamos ante una trágica radiografía del sistema social o ante una comedia negra sobre la falta de escrúpulos del ser humano. En este aspecto, recientes producciones norteamericanas han retratado el mundo financiero sumido en una crisis que les puede aportar cuantiosos beneficios. Pero en Europa (Grecia, país de origen de Costa-Gavras fue la primera víctima) la crisis no tiene la sonrisa paternalista de George Clooney (recordemos sus buenas intenciones sobre el tema en Up in the air y Los idus de marzo) sino el rocoso rostro de Marc Tourneill, que vale lo mismo para transmitir la confianza que necesitan sus miles de inversores que para poner condiciones a quien hasta hace poco era su jefe y protector.

El capital pretende dar un toque de atención y no precisamente al mundo que retrata. Por supuesto que una película no va a cambiar el rumbo de los acontecimientos, pero producciones como esta se hacen necesarias. Porque, aunque no hace falta que nos lo advierta Costa-Gavras, la mafia que siempre ha movido los hilos ya no está oculta como en El padrino. Ahora mira a cámara simulando cara de preocupación, para distraer a los espectadores a los que está saqueando. Y esos parece que somos nosotros.

Lo mejor: Un retrato certero de quienes sobrevuelan nuestras cabezas

Lo peor: Es más real que el telediario

Nota: 70/100

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