LAS NOCHES DE INGRID

INGRID: Ahora podemos estar juntas hasta el final
ZOE: Eso puede ser mucho tiempo

Era 1988. Yo un preadolescente ya cinéfilo. Me colé en una sala de aquellas que desaparecieron el siglo pasado. Gigantesca, asientos desconchados, intenso olor a desinfectante. Cinco espectadores, la proyección desencuadrada, la cartela previa que tanto imponía: Autorizada a mayores de 18 años. Y miedo, mucho miedo. La sensación de que no debía estar ahí. Incertidumbre de llegar
con vida o no al final de la proyección. Por primera vez en muchas sesiones inapropiadas para mi edad, era consciente de que no estaba preparado para una película tan oscura, terrorífica. Y sobre todo tan romántica.

Dos décadas después, como tantas otras películas de culto, Los viajeros de la noche (Near Dark, 1987) de Katrhyn Bigelow conserva un entrañable aroma ochenteno, una furiosa realización, algunos aciertos de ambientación y poco más… Mal estructurada, un giro final completamente incoherente. Una película envejecida.

Las noches de Ingrid no es una nueva versión de Los viajeros. Pero sí he rememorado al escribir las sensaciones de aquella lejana sesión de tarde. El miedo y el amor. El miedo al amor. Lo prohibido.

Las noches de Ingrid es un relato ambientado en los años 80, estructurado en clave de road-movie de Barcelona a París, pasando por pueblos abandonados, parajes nevados y cementerios olvidados. Es la historia de unos seres en perpetua huida y búsqueda. Del resto del mundo, de su pasado, de sí mismos. Seres enganchados a la vida por medio de la muerte, empeñados en seguir amando cuando el amor ya no es amor, sino adicción.

Sus protagonistas: una lesbiana automarginada, un japonés obsesionado por salvaguardar su código de honor y una francesa eterna adolescente, vívida imagen de Jean Seberg. Supervivientes en tiempos cambiantes que los han arrinconado definitivamente. Su perpetuo viaje por la noche les lleva a enamorarse, a odiarse, a necesitarse, a tratar de recuperar lo perdido, a querer matarse mútuamente. La vitalidad de Al final de la escapada y el ansia existencial de Blade Runner.

Esta no es una historia de chupasangres con superpoderes dirigida a adolescentes de hormonas alteradas. He tratado el vampirismo como una enfermedad, una adicción que convierte a sus víctimas en criaturas desesperadas. Tanto por aferrarse a sus sentimientos como por sobrevivir en un mundo extraño donde son extremadamente frágiles.

Si eres productor de cine, estás interesado en esta historia pensada para ser coproducción internacional (estoy pidiendo demasiado, lo sé) o quieres leer el guión completo, mándame un mail a pacokeitel@hotmail.com

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